Pestes, plagas y otras calamidades en la literatura
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Cuando Enlil, dios acadio de los cielos y la tierra, se cansó de
soportar el ruido que ocasionaban los seres humanos recién creados,
intentó exterminarlos mediante una peste. Lo narra el Pema de Atrahasis,
que fue escrito hace más de 3700 años y que inaugura así una relación
entre literatura y pandemia que se ha mantenido estrecha, ininterrumpida
y fértil hasta nuestros días. Casi ninguna época de la historia se ha librado de su plaga y cada
civilización la ha reflejado en sus obras literarias a través del filtro
de sus propias creencias, sus miedos y sus obsesiones.
La ira de los dioses
Para las culturas primitivas, toda peste era el castigo de la
divinidad a los pecados individuales o colectivos. En los libros más
tempranos del Antiguo Testamento –hacia el siglo VIII a.e.c.– un cruel Yahvé no vacila en lanzar sus plagas contra egipcios e israelitas. El Apolo de la Ilíada
–puesta por escrito por esa misma época, aunque de tradición oral
anterior– venga el rapto de Criseida extendiendo la peste con sus
flechas en el campamento de los griegos:
“(…) y sin pausa ardían densas las piras de cadáveres”
Todavía Sófocles nos presenta una Tebas asolada por la epidemia que había motivado su rey Edipo, sin saberlo él, con un viejo crimen:
“Un dios portador de fuego se ha lanzado sobre nosotros y atormenta la ciudad la peste, el peor de los enemigos”.
El enfoque científico
Pero bajo esa Tebas mítica Sófocles estaba aludiendo en realidad a la
Atenas de su propio tiempo, que desde el 430 a.e.c. estaba siendo
diezmada por una terrible epidemia. Se ha discutido ampliamente sobre su
posible etiología, pero ahora parece identificarse con la fiebre
tifoidea, la Salmonella Typhi. Tucídides narró en su Historia de la Guerra del Peloponeso
los estragos de esa enfermedad, que él mismo contrajo y que acabó con
la vida del más ilustre de los atenienses, Pericles. Sin embargo, el
suyo es por primera vez una relato de base científica –pretende,
siguiendo la doctrina de Hipócrates,
describir detalladamente los síntomas de modo que “en el caso de que un
día sobreviniera de nuevo, se estaría en las mejores condiciones para
no errar en el diagnóstico”–, e incorpora elementos de interpretación
psicológica y social.
“La epidemia acarreó en la ciudad una mayor inmoralidad (…) Ningún
temor de los dioses ni ley humana los detenía; de una parte juzgaban que
daba lo mismo honrar o no honrar a los dioses, dado que veían que todo
el mundo moría igualmente, y, en cuanto a sus culpas, nadie esperaba
vivir hasta el momento de celebrarse el juicio y recibir su merecido;
pendía sobre sus cabezas una condena mucho más grave que ya había sido
pronunciada, y antes de que les cayera encima era natural que
disfrutaran un poco de la vida”.
De esa misma peste de Atenas hará un relato truculento el poeta romano Tito Lucrecio Caro en el último libro de su poema –probablemente incompleto– Sobre la naturaleza de las cosas. La Peste de Atenas por Michiel Sweerts, c. 1652–1654.Los Angeles County Museum of Art / Wikimedia Commons
La peste Antonina
Roma iba a padecer también sus propias pandemias, que recogieron puntualmente sus escritores. Si el gran Virgilio inventó en sus Geórgicas una epidemia del ganado, la “peste Antonina” –una viruela, a lo que parece– fue terriblemente real. A pesar de los desvelos del mismísimo Galeno, causó según el historiador Casio Dión más de dos mil muertes diarias en la ciudad, entre las que se incluiría la del emperador Lucio Vero en el año 169.
La plaga de Justiniano, azote de Bizancio
El imperio bizantino, por su parte, padeció durante dos siglos la letal “plaga de Justiniano”, de la que da cuenta Procopio de Cesarea en su Historia de las guerras persas:
“Incluso aquellos que con anterioridad disfrutaban entregándose a
acciones viles y perversas, desterraron de su vida diaria todo delito
para practicar escrupulosamente la piedad”.
El Decamerón y los Cuentos de Canterbury
Se trataría en este caso de la peste bubónica.
La misma que reaparecería en la Europa del siglo XIV y que serviría de
telón de fondo a una de las grandes novelas de esta época. Boccaccio utiliza el aislamiento durante diez días –de donde el título Decamerón–
de diez jóvenes en una villa a las afueras de Florencia como marco
narrativo para hilvanar cien relatos breves que alternan temáticas
diversas con un predominio de lo amoroso y del culto a la inteligencia. Poco después, siguiendo su modelo y en un Londres recurrentemente afectado por la epidemia, Geoffrey Chaucer escribirá sus Cuentos de Canterbury. En 1487, Sandro Botticelli ilustró el Decamerón
con cuatro tablas dedicadas a la historia de Nastagio degli Onesti.
Esta tabla, la primera, y otras dos se exponen en el Museo del Prado.Wikimedia Commons / Museo del Prado
De lo apocalíptico a lo alegórico
En la literatura moderna y contemporánea, la temática generará una
multitud de obras que irán desde lo apocalíptico hasta lo alegórico, con
particular énfasis en el tratamiento de la repercusión psicológica y
social de las pandemias, ya sean reales, como la tuberculosis o el SIDA,
ya imaginadas. Si bien resulta imposible llevar a cabo aquí un catálogo exhaustivo
de esos títulos –algunos de ellos, por cierto, francamente prescindibles
desde el punto de vista de sus méritos literarios–, no podrían faltar
en él ni el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, ni la Historia de la columna infame de Alessandro Manzoni, ni El último hombre en la tierra de Mary Godwin (Mary Shelley), ni La máscara de la muerte roja de Edgar Allan Poe, ni La muerte en Venecia de Thomas Mann, ni Nemesis de Philip Roth, ni El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez.
Los mejores valores del ser humano
Portada de La Peste de Albert Camus (Gallimard, 1947).GallimardPero si una obra merece destacarse entre todas, esa es, desde luego, La peste de Albert Camus, donde la epidemia en Orán es a la vez trasunto de la expansión del nazismo y ocasión para la reflexión existencialista. Por encima del horror, de la angustia y de la tentación de salvación
individual que cualquier peste provoca, Camus impone los mejores valores
del ser humano, a saber, la capacidad de reconocimiento en el otro, la
solidaridad y la dignidad. En palabras del doctor Rieux, el héroe común
de la obra:
“Es una idea que puede hacer reír, pero la única manera de luchar contra la peste es la honestidad”.
Quizás la lección más recomendable para estos días y para los que han de venir.
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